viernes 27 de noviembre de 2009

Cristina de Noruega, Infanta de León y Castilla


Los primeros encuentros diplomáticos que realizan los reinos hispanos con estados europeos, se producen desde el Reino de León en tiempos de Alfonso VI. En cambio, será su nieto el rey leonés Alfonso VII, quien iniciará las relaciones con el norte de Europa, en este caso con Alemania, enviando las primeras embajadas leonesas al continente con objeto de incrementar su prestigio personal como Imperator totius Hispaniae.

Estos contactos obtienen pronto sus frutos, permitiendo al monarca leonés emparentar con las casas reales centroeuropeas, concretamente con el linaje imperial, al casarse en segundas nupcias con la princesa Richilda, conocida en las fuentes leonesas como Rica, hija del rey polaco Ladislao y emparentada con los Staufer.

El matrimonio de Fernando III con Beatriz de Suabia, implica la posterior reivindicación de su hijo Alfonso X al trono imperial. Esta pretensión generó importantes contactos con ciudades y reinos europeos: Portugal, Hungría, Marsella, Pisa, Francia, etc. Entre estos encuentros, destaca la alianza de León y Castilla con el reino de Noruega firmada en 1256.

Según destaca la “Crónica de Alfonso X”, que decide escribir el propio monarca al final de su reinado, el reino hispano establece con la corona noruega, concretamente con el rey Haakon IV, un acuerdo de relaciones que se confirma con la petición de mano de la hija del rey noruego, la princesa Cristina, ya que, según cuenta la Crónica, Alfonso pretendía repudiar a su esposa Violante por falta de un heredero.

No obstante, la historiografía noruega cuenta con mayor credibilidad al haber sido escrita poco después de los hechos. La narración señala que, mediante una embajada, Alfonso X solicitó la mano de la princesa no para sí, sino para uno de sus hermanos. El rey Haakom IV de Noruega accedió a la petición con la condición de que la princesa pudiera elegir entre los hermanos del rey, el que más le agradara.

kristinafrisen

En 1257 varias naves vikingas partieron del puerto de Bergen en dirección sur, hacia la Península Ibérica. A bordo de una de ellas se encontraba la princesa Cristina de Noruega, una exótica joven, alta, hermosa, dulce y seductora, “de bellos ojos azules como nuestro cielo, largas trenzas rubias como nuestro sol, y de tez blanca como la nieve de los montes escandinavos”, como diría un cronista hispano. Había nacido en Tonsberg en 1234, por lo que contaba con 23 años, y era hija del citado Haakon IV, que posee una biografía apasionante, y de Margarita Skulesdatter.

Mute TOTAL

Le acompañaban altos representantes noruegos, damas y una importante hueste, al mando del obispo Pedro de Hamar. El séquito hizo escala en Inglaterra, después recaló en Normandía, para seguir por tierra hacia Narbona, Gerona y Barcelona, siendo recibido en todos los lugares con singular interés y honores.

En el mes de diciembre la princesa vikinga llega a Soria, donde es recibida por el obispo de Astorga y el infante Luís, hermano del rey, quienes la acompañarán hasta Burgos y más adelante a Valladolid, donde se entrevistará por primera vez con Alfonso X, y elegirá como esposo al infante Felipe, que llegó a ser obispo de Osuna, abad de la Colegiata de Covarrubias y arzobispo de Sevilla, pero que no tenía vocación de vida eclesiástica.

Peter Nicolai Arbo (1831-1892)-Ingeborg

La boda se celebró en Valladolid el 31 de marzo de 1258. De esta manera, el vínculo matrimonial comprometió a los dos reinos; mientras el noruego conseguía una fuerte alianza para mantener su control del comercio en el Báltico y se acercaba al posible emperador, el reino hispano se protegía de un probable conflicto armado con los nobles del norte de Alemania, que se oponían a la pretensión de Alfonso X al trono imperial.

Tras el matrimonio, la pareja se estableció en Sevilla, en el Palacio almohade de Bib al Ragel, hoy desaparecido. Existen indicios de un posible viaje a Santiago de Compostela antes de su matrimonio o inmediatamente después, lo que significaría el obligado paso por la ciudad de León de la princesa vikinga a comienzos de 1258.

Varias fuentes coinciden en que, antes del matrimonio, la princesa obtuvo de su esposo la promesa de levantar un templo bajo la advocación de su antepasado San Olaf, del que era gran devota, y que ya era conocido en la Península, no precisamente por su santidad, sino por sus incursiones armadas a la costa e interior del Reino de León a finales del primer milenio.

La biografía de Olav Haraldsson, considerado “padre de la Patria”, se difumina en las sagas medievales escandinavas en las que la leyenda y la historia se entremezclan, confundiéndose el final de los cultos paganos con los inicios del cristianismo.

Durante su adolescencia, ss. X-XI, participó en numerosas irrupciones vikingas por tierras bálticas y británicas, para acabar más al sur, en el litoral hispano, que fue varias veces saqueado. Precisamente fue en el occidente del Reino leonés, donde Olav tuvo un sueño revelador. Una “voz” le indicó que volviera a Noruega, porque allí sería rey para toda la eternidad. Olav regresó sobre sus pasos y en Normandía, concretamente en Rouen, se hizo bautizar y aprendió todo lo necesario sobre la evangelización, con el fin de regresar a Noruega en el año 1015, establecerse como rey y recuperar con las armas la mayor parte de territorio noruego, en aquellos momentos en manos de suecos y daneses.

En el año 1030, Olav Haraldsson encuentra la muerte y la santidad en la batalla de Stiklestad, en un enfrentamiento con la levantisca nobleza noruega, que simboliza para el país el fin de la etapa pagana vikinga y el paso a la Edad Media cristiana.

Panorama Olav

Pero volvamos a la infanta Cristina. Poco se conoce de la vida social de la princesa nórdica durante su estancia en Sevilla. Recluida en su palacio, se sabe que acudía con frecuencia a la iglesia de San Lorenzo, una antigua mezquita almohade. Cuatro años después de su llegada a España, en 1262, enferma y fallece sin descendencia cuando contaba 28 años, a consecuencia de una importante infección auditiva que suele provocar insoportables dolores, y que se complicó con una meningitis a juicio de los expertos. Sin embargo, la leyenda atribuye la muerte de Cristina al calor y ambiente asfixiante de Sevilla y el Guadalquivir, a su incierto futuro, y a la tristeza, melancolía y nostalgia de su tierra y de sus gentes.

Posiblemente, el silencio que mantuvo la princesa durante su corta vida en España, derivó en olvido tras su muerte, y su lugar de enterramiento se perdió entre los siglos, aunque se sospechaba que pudiera estar enterrada en la Colegiata de Covarrubias, donde su esposo había sido abad. En el año 1958, el que fue arcipreste e investigador de la Colegiata, D. Rufino Vargas, descubrió en los archivos del templo el documento donde aparece, entre otras, la concluyente cita:

“D. Fernando Roiz sucedió al Infante D. Felipe Fernández, hijo del Santo Rey D. Fernando en la abadía de Covarrubias donde enterró a la sra. Infanta D.ª Cristina su esposa”.

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Este hallazgo se confirmó con la identificación y apertura de un sarcófago gótico que se encontraba en el claustro de la Colegiata. Dentro, en un humilde ataúd de madera, se hallaron los restos muy bien conservados de una mujer de elevada estatura, fuerte y joven, entre 26 y 28 años, apreciándose una completa dentadura con piezas pequeñas, iguales y blancas; las manos, con dedos cortos y finos, conservaban algunas uñas largas y cuidadas; el cabello largo y rubio. Junto a su cabeza se halló un pergamino con algún verso y recetas para el “mal de oídos”. No había duda era la princesa Cristina de Noruega, Infanta de León y Castilla.

La repercusión de la noticia fue extraordinaria en España, pero sobre todo en Noruega. Los homenajes se sucedieron y el 13 de abril de 1958 se descubrió junto la sarcófago de la joven princesa una placa conmemorativa costeada por la representación diplomática noruega, en la que se recuerda la fecha del nacimiento, matrimonio y fallecimiento de Cristina. Sorprende la existencia de una pequeña campana de navío junto al sarcófago, dentro del arcosolio, cuya instalación se desconoce, pero según la leyenda de la localidad, las jóvenes casaderas que la hagan sonar encontrarán esposo en el plazo de un año.

Los homenajes continuaron, y en 1978 la ciudad noruega de Tonsberg financió una estatua de bronce de la princesa, obra del nórdico Britt Sorensen, que se instaló en el jardín existente frente a la portada de la Colegiata, lugar donde actualmente se realizan los actos oficiales anuales y donde nunca faltan flores de temporada.

Felipe, fallecido doce años después, en 1278, y enterrado en Villalcazar de Sirga, nunca cumplió la promesa que hizo a su esposa de edificar una iglesia en honor al rey y santo noruego. Sin embargo, la Fundación Princesa Kristina de Noruega, creada en 1992, con el fin de promover y fomentar los lazos e intercambios culturales entre Noruega y España, ha conseguido que aquella promesa del s. XIII se haga realidad.

Las gestiones durante esta década han permitido que, tras un concurso, el trabajo de los arquitectos españoles, Pablo López y Jorge González, haya sido el elegido para su inmediata realización. La Capilla de San Olav será un edifico moderno, con espíritu prerrománico y románico, pero además, estará preparado como espacio cultural de la zona, edificándose muy cerca de Covarrubias, en un paraje natural de singular belleza: el Valle de los Lobos.

Estatua

La princesa vikinga, la princesa olvidada, Cristina de Noruega, será ahora más recordada que nunca, y, después de casi 800 años, verá cumplido su mayor deseo desde que vino a España. De esta manera, se ha recuperando el espíritu de aquel matrimonio de Estado, manteniendo y consumando algunos de los postulados por los que fue concertado. A veces, la Historia es capaz de volver sobre sus propios pasos.


- Coronación de Alfonso VII. Biblia de San Isidoro de León.
- Birkebeiner. Obra de Knud Bergslien. Escudo de Haakon IV.
- Kristinafrisen (fragmento). Obra de Gerhard Munthe (1).
- Kristinafrisen (fragmento). Obra de Gerhard Munthe (1).
- Ingeborg. Peter Nicolai Arno.
- Naves vikingas.
- Olav Haraldsson. Peter Nicolai Arbo.
- Batalla de Stiklestad. Peter Nicolai Arbo.
- Sarcófago princesa Cristina. Claustro Colegiata de Covarrubias (Burgos).
- Detalle sarcófago del Infante Felipe. Villalcázar de Sirga.
- Princesa Cristina de Noruega. Bronce de Britt Sorensen.


(1) En 1909 el artista noruego Gerhard Munthe reconstruyó, con la estética de la escuela Art Nouveau, el viaje de la princesa Cristina en doce escenas. Estos dibujos fueron conocidos como Kristinafrisen, con la idea de esculpirlos en madera con el fin de decorar la Sala de Haakon en la localidad de Bergen. Finalmente, los dibujos los trasladó a lienzos, que fueron destruidos por el fuego a consecuencia de la explosión de un navío cargado de explosivos en la bahía de Bergen en el año 1944.






miércoles 11 de noviembre de 2009

La jineta de San Marcelo


El pasado 29 de octubre, como viene siendo tradicional todos los años, la Corporación municipal leonesa visitó la Catedral de Santa María y, junto con el Cabildo catedralicio y en solemne procesión, acudieron hasta la Iglesia de San Marcelo para honrar las reliquias del titular del templo y Patrón de la ciudad y pronunciar el discurso o pregón conmemorativo, este año a cargo de la cronista oficial, Margarita Torres Sevilla.

Marcelo fue centurión romano de la Legio VII Gemina establecidaen León. Durante las fiestas del mes julio del año 298 que celebraban el nacimiento del emperador Maximiano, los mandos de la Legión debían de realizar en honor a su Emperador, sacrificios a los dioses en el trascurso de la parada militar.

A la hora de la inmolación, Marcelo se despojó de sus armas, se negó a sacrificar y, haciendo pública confesión de su fe cristiana, proclamó que sólo adoraría al verdadero Dios del cielo y la tierra. Allí mismo fue detenido y con el tiempo enviado a Tánger, juzgado y condenado a muerte por el prefecto africano Agricolao, según la tradición, el 29 de octubre del año 298.

El cuerpo de San Marcelo fue descubierto el 28 de agosto de 1471 durante la toma de Tánger por los soldados portugueses del Rey Alfonso V, gracias al hallazgo ocasional de una lápida con la inscripción: “MARCELLUS, MARTIR LEGIONENSIS”. Tras arduas gestiones realizadas personalmente por rey Fernando el Católico, los restos del santo leonés llegaron a nuestra ciudad y fueron depositados en la iglesia que hoy lleva su nombre. Marcelo había vuelto a León.

Pero, así como en el s. III Marcelo entregó voluntariamente sus armas, dieciséis siglos después, concretamente a mediados del s. XIX, el centurión romano fue privado de su armamento en un curioso episodio ocurrido durante la serie de expolios contra el patrimonio leonés.

El 9 de diciembre de 1869 el comisionado por S.A. Francisco Serrano, Regente del Reino, el secretario del Museo Arqueológico Nacional, un vocal de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, junto con un representante del Gobierno Civil de la provincia, procedieron a incautar en la Basílica de San Isidoro de la ciudad y trasladar a Madrid para que formaran parte de los fondos del recién creado Museo Arqueológico Nacional (1867), una serie de objetos artísticos: un códice del s. XIV, un óleo sobre tabla, seis cofres, cajas o arcas de diferentes periodos, entre las que sobresalía un arca de ágata y plata del s. XI, y por supuesto, el magnífico crucifijo románico de marfil, que Fernando I y su esposa Sancha regalaron a la Basílica. De esta manera, se ejecutó uno de los saqueos de arte más significativos de la ciudad de León.

Esta situación no era nueva. Dos años antes, el director del Museo Arqueológico Nacional por aquel entonces José Amador de los Ríos, en unos de sus frecuentes viajes a León en busca de piezas para el Museo, localizó en la Iglesia de San Marcelo de la ciudad, concretamente sobre la talla de San Marcelo, obra de Gregorio Fernández (s. XVII) que preside el retablo del altar mayor, una espada de las denominadas jinetas que la imagen del santo portaba al cinto.

El alto valor artístico-histórico de la pieza dio lugar a la realización de importantes gestiones o presiones por parte de José Amador de los Ríos, teniendo como resultado que, al año siguiente, la espada fuera “donada” por el Cabildo de la iglesia de San Marcelo al Museo Arqueológico Nacional, pasando a formar parte de los tesoros artísticos leoneses que se localizan, por una u otra causa, en Madrid.

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Esta denominación del tipo de espada tiene un significado incierto. Se relaciona su origen con la tribu berberisca de los benimerines o zenetes, que entraron en la Península en el s. XIII. A pesar de su origen africano, la jineta es un arma de producción exclusiva del periodo nazarí, existiendo dos tipos de espadas jinetas: las empleadas para la guerra, prácticamente exentas de decoración, y las de lujo, utilizadas en paradas o desfiles militares, recepciones, regalos, etc.

Éstas últimas, se caracterizan por una hoja estrecha de doble filo, ligera y recta, sobresaliendo sus bellas y decoradas empuñaduras que las hace únicas. Estas empuñaduras constan de una guarda con un arriaz muy curvo que inclina sus brazos hacia el arranque de la hoja, y en el que se muestra una profusa decoración a base de calados, nielados, textos, repujados o esmaltes, realizados en plata, filigranas de oro, incrustaciones de piedras, marfil, etc. Suelen ser de una sola mano y rematada por un pomo esférico, que a su vez finaliza con un botón un poco alargado; todo ello, siguiendo la exuberante decoración del arriaz.

La vaina suele ser de madera, forrada de cuero y decorada con rica guarnición en la embocadura y en las dos abrazaderas, cuyo fin es la suspensión del hombro mediante tahalí y contera, como se puede observar perfectamente en el soldado de la derecha de la pintura del Greco, El martirio de San Mauricio y la legión tebana, cuadro en el que también se distinguen otras jinetas suspendidas del hombro de otros soldados. Este tipo de espadas están documentadas por primera vez en las pinturas de la bóveda de la Sala de los Reyes de la Alhambra, donde el grupo de los diez primeros sultanes nazaritas, todos con jinetas, están representados en una pintura realizada sobre cuero, que resulta insólita en la tradición iconográfica islámica.

Panorama 2

Se conservan muy pocos ejemplares. En la Biblioteca Nacional de París, se exhibe una espada jineta adquirida en Granada a principios del s. XIX; otras dos, se encuentran en el Museo de la ciudad alemana de Kassel y en el Metropolitano de Nueva York. Pero la mayoría se encuentran en España: una en el Museo de San Telmo de San Sebastián; dos en colecciones privadas, de Pedro Pidal y del Marqués de Campotéjar; dos en el Museo del Ejército, posiblemente las más conocidas popularmente ya que pertenecieron al famoso a Ali-Atar, alcaide de Loja, y otra que la tradición atribuye a Boabdil, el último rey de Granada. Estas dos últimas jinetas, fueron capturadas en 1483, en la batalla de Lucena.

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Pero, sin duda, la espada leonesa que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional es una de las más bellas a la vez que posee la historia más apasionante. El propio Museo Arqueológico realiza una reciente y magnífica descripción de la jineta de San Marcelo, en texto realizado por Gaspar Aranda Pastor:

Esta espada constituye un ejemplar singular de la panoplia de armas de la Edad Media. Mide 95 cm de alto y 9,6 cm de ancho y se compone de hoja de acero y empuñadura de azófar, aleación de cobre y zinc.

La hoja es de doble filo con canal axial poco acusado hasta la mitad, sobre el que figura por ambas caras una marca flanqueada por dos estrellas de cuatro puntas. La marca, realizada con un punzón probablemente nazarí no identificado, presenta tres círculos concéntricos, el intermedio contiene quince crecientes y el interior un pequeño triángulo central.

Los especialistas consideran que la hoja es original. La empuñadura consta de: grueso pomo redondo con caras de círculos relevados en el anverso y reverso, y coronado por un botón; puño husiforme formado por dos piezas; y arriaz con forma ultrasemicircular de perfil superior ondulado, centrado por un escudete trilobulado (perdido en una de las caras con posterioridad a 1892).

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Los brazos del arriaz, caídos hacia la hoja, rematan en ganchos hacia el exterior para soportar láminas caladas por tres filas paralelas de círculos. Estos remates se han identificado con cabezas de aves por A. Fernández-Puertas.

El artesano nazarí ha decorado la empuñadura de azófar mediante las técnicas del damasquinado y del nielado con oro y plata, respectivamente. Así, concibió la ornamentación en dos planos con un tema de lazo de círculos enlazados, superpuestos a las bandas que siguen los ejes marcados por los círculos.

Las bandas muestran inscripciones, y los espacios intermedios se rellenan con ataurique. Las inscripciones rezan lo siguiente, según F. Fernández y González: en el pomo, "No hay permanencia sino en Dios, que es subsistente"; en el puño, repetido dos veces: "El imperio permanente y la gloria duradera son propiedad de Dios"; y en el arriaz, en un lado: “No hay permanencia sino en Dios, que es Supremo", y en el otro: "La subsistencia toda es de Dios, que es Supremo ".

La espada, que ha sido objeto de algunas intervenciones, ha perdido su vaina, pero se debe suponer que estaría guarnecida con brocal, abrazadera y contera, siguiendo el mismo patrón decorativo de la empuñadura tal y como muestran los trazos inconclusos en el arriaz.

El origen de la espada leonesa es una incógnita, aunque es muy probable que llegara a León junto con el cuerpo de San Marcelo, y como ofrenda de Fernando el Católico que estuvo presente en el acto ocurrido el 29 de marzo de 1493.

La jineta, supuestamente entregada como ofrenda al santo por Fernando el Católico y fechada por expertos en la segunda mitad del s. XV, debió pertenecer a algún o algunos de los altos personajes árabes de Granada. Después de pasar cerca de cuatro siglos colgada al cinto de la talla de San Marcelo, en el retablo del altar mayor de la iglesia de León, le esperaba su nueva y definitiva ubicación en Madrid para ser valorada y admirada en el recién creado Museo Arqueológico Nacional. Pero no iba a finalizar ahí su historia, aún le esperaba una nueva e inesperada aventura.

El panorama político español al final del reinado de Amadeo de Saboya era desolador. En Madrid, los motines y algaradas populares eran frecuentes. El 11 de diciembre de 1872, un grupo de insurgentes republicanos salieron a la calle siendo uno de sus objetivos el Museo Arqueológico, en aquel momento instalado en un antiguo palacete, denominado Casino de la Reina, en la madrileña Glorieta de Embajadores.

Manifestación del pueblo de Madrid en la Puerta del Sol durante la revolución de 1868, obra de J. Casado del Alisal El asalto al Museo no formaba parte de la acción político-revolucionaria de los alborotadores, sino que, únicamente, se trataba de conseguir cualquier tipo de arma allí expuesta. Antonio García, director en aquel momento del Arqueológico, relató los sucesos de aquella noche:

Entraron en el denominado Salón Árabe, sin que se les pudiera oponer resistencia. Los cinco individuos del cuerpo de orden público que guardaban el establecimiento no tenían otras armas que tres revólveres por lo que, notando la insistencia con que los amotinados les buscaban, creyeron prudente ocultarse. El conserje del Museo trató de calmar la violencia de los amotinados, ebrios en su mayor parte, haciéndoles algunas concesiones, como un revólver de su propiedad y una carabina del jardinero. No pudo impedir que otros se apropiaran de unas armas antiguas de poco valor, salvo una espada granadina que es la única pérdida importante a lamentar.

La llegada de los soldados provocó la huida de los asaltantes que rápidamente desaparecieron por las calles adyacentes al Museo. Uno de aquellos revolucionarios se llevó con él la jineta de San Marcelo, hecho que pudo haber sido el final de la historia de la pieza. Sin embargo, la suerte quiso que durante su ronda habitual dos civiles militarizados, miembros del 10° Batallón de Voluntarios de la Libertad, escuchasen gritos y vivas a la República.

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Localizados los alborotadores, los militares les dieron el alto efectuando uno de ellos un disparo al aire que produjo la huida instantánea de los dos amotinados, soltando lo que llevaban en las manos: una vieja bayoneta y una espada antigua, espada que resultó ser la jineta de San Marcelo, robada momentos antes del Museo.

La jineta de San Marcelo recuperó su lugar en la Sala Árabe, y aún se puede contemplar hoy junto con otras piezas de origen hispanoárabe, en las estancias del Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


-Pregón San Marcelo 2009. Diario de León.
-Prisión centurión Marcelo en León.
-Crucifijo marfil de Fernando I (s. XI).
-San Marcelo. Talla Gregorio Fernández, retablo altar mayor.
-Jineta de San Marcelo. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.
-Escenas de guerra. La Alhambra.
-Los primeros diez sultanes nazaríes. Sala de los Reyes. La Alhambra.
-El Martirio de San Mauricio. El Greco.
-Jinetas del Museo del Ejército.
-Jineta de San Marcelo. Detalle, MAN.
-Jineta de San Marcelo. Detalle, MAN.
-Manifestación pueblo Madrid en Puerta del Sol durante revolución de 1868. José C. de Alisal.
-Grabado Ilustración Española y Americana. Nº 48, 24-12-1872. Biblioteca virtual M.Cervantes.

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jueves 29 de octubre de 2009

Ascensión al Fontañán. De Olleros de Alba a La Pola de Gordón


Después de la sorprendente experiencia en Picos, surge la propuesta de una nueva y atractiva ruta, madurada por varios compañeros, además de amigos y veteranos montañeros, que conocen bien la montaña leonesa y las dificultades y carencias con las que, algunos, nos movemos por las alturas.



Ver El Fontañan en un mapa más grande


La opción propuesta, muy asequible para la mayoría, es la travesía entre Olleros de Alba a La Pola de Gordón, ascendiendo el Fontañán, una cima de 1632 metros. El propósito, una jornada festiva de convivencia para disfrutar de la prodigiosa naturaleza de la provincia leonesa, observando su vegetación, su orografía, sus espléndidos paisajes y horizontes, conocer un poco nuestra atormentada historia reciente y saborear el buen hacer de la cocina de la zona.



El Fontañán, en las primeras estribaciones de la Cordillera Cantábrica, a escasos kilómetros de la ciudad de León, se encuentra en la margen derecha del valle del Bernesga, río que discurre de norte a sur, desde su nacimiento en el Puerto de Pajares hasta la desembocadura en el río Esla.


Por esa misma margen, el Bernesga se sustenta mediante numerosos arroyos y torrentes entre los que sobresalen el Rodiézmo y el Casares, que se abren paso de oeste a este entre los materiales más fáciles de erosionar, describiendo pequeños valles entre las crestas de rocas más duras formadas por cuarcitas y calizas. En uno de estos anticlinales es donde se sitúa el Fontañán, delimitado al norte por el valle del río Casares y al mediodía por el sinclinal de Alba, por el que discurre el arroyo Olleros. Precisamente es desde la localidad de Olleros de Alba, a 1100 m. de altitud, desde donde iniciaremos la ruta y ascensión, concretamente a partir de una pronunciada curva de la carretera que antiguamente bordeaba la población.


La mañana del pasado 3 de octubre, día escogido para la travesía, aunque fresca a primera hora, resultó espléndida. Atrás dejamos la niebla cubriendo el valle del Bernesga, a la altura de La Robla, y, a nuestra llegada a Olleros de Alba a primera hora, el cielo ya se encontraba prácticamente despejado, situación que nos acompañará durante toda la travesía.


Pasadas las 9, y desde el punto en el que comienza la ruta marcado con un sencillo panel informativo, realizamos los preparativos y ajustes necesarios de botas, mochila, prenda de abrigo para las primeras horas, etc., e inmediatamente iniciamos el recorrido que está previsto finalice sobre las 14:30. Seis horas y aproximadamente 12 km de trayecto, salvando una pendiente de 530 metros y un desnivel posterior de descenso de más de 600, hasta la llegada a La Pola de Gordón.


El inicio discurre por una buena pista entre laderas bordeadas de helechos, matorral y agavanzos, que, en principio, asciende paralela a la margen izquierda del arroyo de San Martín o Martino, que desciende desde la cumbre hasta el curso del Olleros y en el que crecen con profusión pequeños chopos y vegetación propia de ribera.


En suave pero continua pendiente, ascendemos entre paredes de calizas que en algunos puntos se estrechan contra el camino formando pequeños desfiladeros o cañadas, en las que podemos observar los fuertes y espectaculares pliegues producto de la aguda formación de estas rocas. Un poco más arriba, el espacio se abre lentamente retirándose las formaciones calizas, permitiendo así un cambio en la vegetación ahora a base de brezos y retamas (escobas), que crecen con profusión gracias a una mayor abundancia de sustratos en la superficie.


Dejamos a la izquierda una cadena de altos o cimas como el de Cerra, Lampas o el Cordeal, que separan nuestra ruta de las localidades de Carrocera y Santiago de las Villas, hacia el oeste, en el valle del río Torre. A la altura del Cordeal, antes del tramo más duro de subida, hacemos un breve descanso que sirve para reponer fuerzas y aligerarse de algo de ropa, que empieza a estorbar a causa del esfuerzo y del sol que se va imponiendo.


Continuamos levemente hacia el noroeste hasta alcanzar Collado Yeguas y el Currichico, a más de 1500 metros, desde donde tenemos la primera vista del Fontañán con sus dos características peñas en forma de U. Desde allí, un giro brusco de 180º en dirección este, por el camino que va cresteando los cordales calizos que conducen directamente al Fontañán.


A esta altura, y entre piedras muy fragmentadas, crece el árnica y el té de roca (foto izquierda) aunque en la zona umbría la vegetación adquiere una tipología especial, arrastrándose por el suelo para sobrellevar las abundantes y frías ventiscas del invierno. Entre estas formaciones rastreras, que solo se elevan unos cuantos centímetros del suelo, distinguimos sabinas, uvas del oso (centro) y enebro (derecha), que encontraremos permanentemente durante el resto del ascenso.


Más adelante, la pista, en una subida muy suave y llevadera, circula por un melojar, cuyos robles o rebollos, aunque de pequeño tamaño debido principalmente a la pobreza del suelo y a las continuas heladas, nos proporcionan durante unos cuantos metros sombra y un magnifico respiro en la marcha.


El camino finaliza unos metros más adelante, en una zona denominada la Caleriza, a 1550 metros, desde donde existe una vista extraordinaria del valle de Gordón, con la localidad de La Pola en el centro, rodeada de numerosas cimas que sobresalen mágicamente entre la niebla que todavía reposa en el fondo de los pequeños valles que se distinguen hasta el horizonte. La espléndida panorámica es un marco excelente para la foto de grupo, que en este caso realiza Javi, al otro lado de la cámara.


La niebla desaparece por momentos y es cuando los expertos montañeros como Vicente, Jacinto o Mar, identifican y señalan algunas de las cimas: el Fontún y Brañacaballo, al norte, con más de 1900 y 2000 m., respectivamente; en dirección este, detrás de Vegacervera, los picos Correcillas, Valdorria y Peña Galicia, esta última con 1656 m.


Después de la breve pausa para admirar el sorprendente paisaje y dejarlo atrapado en las cámaras, se impone la marcha con el fin de asegurar la hora de llegada. Continuamos la ruta que ahora trascurre por un estrecho y accidentado sendero cresteando las cimas, poblado de irregulares piedras y casi cerrado por los enebros rastreros y el bajo matorral.


Continuamos por veredas casi imperceptibles, cruzando un pequeño melojar que trata de brotar sobre el terreno en el que se aprecia indicios de un antiguo incendio. Una pronunciada subida, colmada de matorral, nos conduce directamente a las dos crestas o roquedos del Fontañan, coronadas por dos pequeñas cruces que indican la cimera de cada cumbre.


Nos dirigimos en primer lugar a la que se encuentra en el lado norte, en una pequeña crestería. Desde allí, existe una nueva y mayor perspectiva del valle del Bernesga, llegando a distinguir perfectamente, parte de la Estación Invernal de Valgrande, donde tiene su nacimiento el río, hasta la localidad de La Robla. Se distinguen perfectamente hacia el norte, importantes alturas como el Amargones, Cueto Negro, las Tres Marías, Fontún, Brañacaballo; hacia el este, sobre La Pola, el Cueto de San Mateo, Correcillas, etc.; a lo lejos, en el horizonte, una mole piramidal de casi 2500 m., que, según los expertos, puede tratarse del Espiguete, enclavado en territorio palentino, prácticamente en el límite con la provincia León.


La otra cima del Fontañán situada hacia el sur, permite contemplar perfectamente La Robla y el valle de Alba, así como una panorámica sorprendente de la meseta que conduce hasta la ciudad de León.


Apoyadas y excavadas bajo las rocas de las dos cumbres, se conservan todavía impresionantes construcciones de la Guerra Civil, y es que el alto del Fontañán formó parte de la importante línea defensiva que el ejército republicano empleó para tratar de contener al ejército franquista.


Casualmente, en estos primeros días de otoño, se cumplen 72 años, concretamente el 21 de octubre de 1937, del anuncio a través de las ondas de Radio Nacional de Salamanca de un breve, pero significativo parte militar: “El frente del Norte ha desaparecido”.


Desde agosto de aquel mismo año, los republicanos solo contaban como único reducto de resistencia en el norte peninsular, el territorio asturiano y la montaña, el norte de León. Trataron de imponer una resistencia a ultranza y, llevados de la locura colectiva de aquellos momentos, pretendieron conseguir la independencia del resto de los territorios peninsulares, declarándose el Consejo de Asturias y León plenamente soberano en el terreno político, civil y militar, comunicando esta nueva situación a la Sociedad de Naciones.


En la provincia de León, el frente ocupaba las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, formando una línea defensiva que, más o menos, enlazaba las localidades de La Magdalena, La Robla, Matallana, Valdeteja, Lillo, Maraña, Soto de Sajambre y Posada de Valdeón, con importantes fortificaciones en los altos. Esta línea estuvo relativamente tranquila durante la primavera y verano de 1937. Sin embargo, la importante ofensiva franquista del otoño, desbarató por completo las defensas republicanas y, en poco tiempo, acabó con su resistencia.


Una de las fortificaciones que sufrieron el ataque nacional y fueron protagonistas de los trágicos episodios, fue la instalada en el Fontañán. En el roquedo situado al sur, todavía se distingue una importante trinchera fortificada con seis troneras (foto izquierda), que controlaban la subida por el lado meridional, y que poseía una galería bajo la roca que la unía con el lado norte del mismo pico, hacia La Pola de Gordón. Junto a la trinchera, hacia el sureste, orientado a La Robla y camuflado perfectamente entre la masa rocosa, visitamos un pequeño búnker de hormigón (derecha de la fotografía), con cuatro troneras para la utilización de armas automáticas. Repartidas por todo el perímetro de las dos cimas, y situadas estratégicamente, comprobamos la existencia de varias trincheras excavadas en el suelo, protegidas con parapetos realizados con las propias rocas de la zona.


Después del breve descanso y la visita a las construcciones militares, sobre las 12 del mediodía, continuamos la marcha iniciado el descenso hacia La Pola, no sin antes dejar testimonio por escrito de la visita realizada por la “expedición” del INSS y la TGSS, en el cuadernillo de notas que se guarda en el cofre sujeto a la cruz que corona la cima sur del Fontañán.


Partimos dirección noreste, comenzando a descender por la pendiente muy erosionada que conforma una auténtica pedrera, efecto, sin duda, de su orientación norte, lo que propicia la presencia fuertes y frecuentes heladas que fragmentan las rocas. Al final de la pedrera, la presencia de un impresionante hayedo al que denominan en la zona como el Faedo (no confundir con el Faedo de Ciñera), muestra ya la imagen del incipiente otoño con el dorado de sus hojas superiores que le dan un bello y asombroso aspecto, trasformando por completo la fisonomía del monte. Si existe un lugar donde el otoño se manifiesta es, sin duda, en los hayedos.



Penetrar en el interior del hayedo es realmente irrumpir en un mundo de fantasía. La humedad, la constante niebla y la ausencia de luz, consiguen este ambiente encantado, al que hay que añadir el ensueño que produce la constante caída de frutos (hayucos) y de hojas que, en esta época del año, resulta un espectáculo inigualable de color, con mil tonalidades ocres, marrones, rojizas, anaranjadas y amarillas, que contrastan con el gris de los grandes troncos de ramas retorcidas, y el verde del musgo que se deposita sobre los árboles caídos.


Las hojas del haya establecen un auténtico parasol natural e indispensable para la supervivencia del ecosistema. Este árbol, curiosamente, es capaz de mover sus hojas y colocarlas en un plano inclinado para que atenúen el calor del ambiente y eviten una evaporación excesiva en el interior hayedo.


El sendero se pierde entre la alfombra de hojas doradas, vertidas sobre ramas, raíces o pequeñas rocas, que el hayedo oculta maliciosamente para añadir un punto de dificultad al descenso, aunque hay quien opina, que son las hadas o duendes que allí habitan, los que ponen pequeñas trampas a los senderistas para impedir su paso, y, si se descuidan, pueden quedar atrapados con sus encantos y acabar convertidos en uno de los pequeños animales del bosque, como un milano, una lagartija o, tal vez, trasformados en lirón o pica pinos.


En algunos momentos, el camino gira bruscamente hacia el sur donde las pequeñas lomas se descarnan de hayas, siendo el bajo matorral el rey del lugar a pesar de la aparición inesperada ante nuestros ojos de un serval, con sus exuberantes racimos de frutos grana.


Pero al volver a la zona umbría, retorna el hayedo, y la senda se introduce nuevamente en el misterioso túnel que abren las grandes hayas, reapareciendo los colores y el hechizo que envuelve a estos bosques. Alguien dijo, y no le falta razón, que los hayedos son los templos, los auténticos santuarios sagrados de la Naturaleza.


Un poco más abajo, la pendiente se suaviza, el hayedo deja paso a un robledal que desciende hasta el valle acompañando al sendero y a un pequeño arroyo que se oculta por completo bajos los abundante helechos que crecen a su paso, y que comienzan a escasear en las primeras insinuaciones del valle, en donde el camino se hace mucho más cómodo.


Sin embargo, antes del final de la ruta, habrá que hacer un último esfuerzo girando 90º hacia el norte, en una corta pero dura ascensión a un pequeño cerro desde el que se divisa perfectamente La Pola y los caseríos de los alrededores. Bajamos hacia la localidad por un camino utilizado por el ganado, que cruza pequeños cursos de agua, donde predominan las moreras y los rosales silvestres o agavanzos que, ahora desnudos de flores y casi de hojas, muestran todavía sus brillantes frutos rojos.


Alrededor de las 14:30 llegamos a la localidad de La Pola. No ha resultado una travesía dura, pero sí repleta de grandes contrastes e impresionantes paisajes. Un estupendo ejemplo, una buena muestra, de las innumerables opciones que posee y ofrece toda la montaña leonesa.


Pero no todo resulta tan halagüeño. Existe autorización desde primeros de este año expedida por la Junta de Castilla y León, para que la compañía eléctrica, Endesa, instale un parque eólico en la zona, incluyendo los altos del Fontañán.


La energía eólica forma parte de las "famosas" energías renovables, por ser considerada una energía limpia y respetuosa con el medio ambiente. Sin embargo, esto no es del todo así. Este tipo de energía pone en peligro la supervivencia de las grandes aves, además de producir graves daños durante su instalación, obligando a desbrozar y desbastar grandes superficies de la montaña como consecuencia del trasporte por caminos o pistas construidas al efecto, para el paso de las gigantescas piezas de los aerogeneradores. Pero lo que resulta más escandaloso, es su impacto visual, la trasformación del paisaje colmado de molinos, que destrozan por completo la hermosa visión del horizonte.


Desde La Pola, nos acercamos a la localidad de Barrios de Gordón, donde María, del Mesón La Montaña, tiene preparada para nosotros su especialidad: una estupenda fabada. Entre el vino, la fabada y, como postre, un exquisito flan y sus conocidos "borrachines", los restos de fatiga desaparecen por completo. Una auténtica jornada festiva para recordar, mientras esperamos la próxima.


Fotos: Javier, Miguel y Paco. Otras, Diario de León.




domingo 18 de octubre de 2009

El Estanque y la Peregrina


La tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia y Catalina de Médicis, contaba trece años cuando se casa por poderes con el rey español en 1559. Pasó de jugar en las salas y jardines del castillo de Blois, a orillas del Loira, a ejercer de soberana del mayor reino existente que se administraba desde la austeridad del Alcázar de Toledo, recinto que nada tenía que ver con el lujo y la belleza que desplegaban los palacios y castillos franceses.


Isabel no llegará a España hasta el año siguiente, no consumándose el matrimonio hasta 1561, dos años después de la boda, cuando contaba 15 años. En estos dos años, el desarrollo y evolución física de la reina fue sorprendente, y su belleza era comentada en toda la Corte.


Esta extraordinaria belleza, la completaba y resaltaba aún más con su exquisito gusto en el vestir, empleando una estética y un lujo exclusivo y personal en los trajes y vestidos a los que era gran aficionada, comentándose en la Corte que ninguno de ellos era repetido por la Reina en actos públicos.


Esta suntuosidad en el vestir, era también acompañada por un gusto extraordinario por las joyas como complementos a sus trajes, y es ella la primera de las reinas de España que posee y luce el llamado “joyel de los Austrias”, que exhibe con frecuencia en las jornadas solemnes. En los dos cuadros de Antonio Moro, se aprecia el joyel sobre el pecho de, todavía, una joven Reina, y en el segundo (detalle), Isabel de Valois, exhibe su belleza y la perla sobre su cabello.


En 1559, el mismo año de su matrimonio y cuando aún no se conocían, Felipe II hace tallar un diamante que había adquirido en Amberes para regalar a su nueva esposa. Es la piedra preciosa que más leyendas ha generado en España, encarnando, por su perfección, el ideal de aquella época y el canon de belleza manierista, muy distinta a la actual. Tallado en España, posiblemente en Sevilla, el reconocido orfebre leonés Juan de Arfe llegó a decir de él que se trataba de un diamante perfecto, labrado de tal manera, que toda su área era cuadrada, con cuatro lados perfectos e iguales en ángulo recto, dando lugar a ángulos completos y enteros y a esquinas muy agudas, en resumen: un espejo limpio y trasparente.


Por esa trasparencia, su tono acerado y forma cuadrada, se le denominó El Estanque. Su valor y rareza residían más en su calidad que en su tamaño, ya que resultaba una pieza única. Con posterioridad, su talla anticuada y su escaso tamaño, le relegaron ante las grandes y soberbias piedras que las distintas Cortes europeas pusieron de moda a partir de s. XVIII. Por este motivo, la memoria de este tesoro, “la piedra más hermosa de Europa”, fue desapareciendo de la historia de la joyería, hasta que, al parecer, acabó engastada en la empuñadura de una espada que Fernando VII regaló a su suegro Francisco I, rey de las Dos Sicilias. Esto al parecer ocurrió una vez recuperado el diamante por el Rey español de manos francesas, debido al saqueo que realizaron los gabachos durante la Guerra de la Independencia en el Palacio Real.


Pero el “joyel de los Austrias” no solo lo conformaba el diamante El Estanque bellamente engarzado, sino que se remataba con una perla pinjante, que, según se decía, resultaba una perla “colmada de color y esplendor como no había otra”.


Descubierta en s. XVI en el Archipiélago de las Perlas, en Panamá, esta perla posee una historia fascinante. Su gran tamaño, su forma de pera o lágrima, la hicieron única por su escasez, pero sobre todo por su extrema belleza. Fue conocida también como la margarita, la huérfana o la sola, pero ha pasado a la historia con el nombre de La Peregrina, no debido a su gran periplo viajero, sino a que antiguamente (hoy menos) el vocablo peregrino se empleaba como sinónimo de exótico, singular o precioso.


La Peregrina se unió a El Estanque, constituyendo el “joyel de los Austrias”, pero unas veces unidos, otras por separado, la perla y el diamante formarán un conjunto radiante en la representación del poder, pero también del color, suntuosidad y belleza en un largo e importante momento de la Historia de España, como iremos viendo.


Hay opiniones acerca de que Felipe II ya había regalado a su segunda esposa, la reina María Tudor de Inglaterra, La Peregrina, y de hecho, la Reina inglesa luce una gran perla en el retrato que realizó Antonio Moro (arriba), sin embargo, y según los datos existentes, no coinciden las fechas estimadas en la compra de la perla, con las del matrimonio de María y Felipe. No obstante, no se debe descartar tal posibilidad, y la Reina inglesa pudo ser la primera en lucir La Peregrina.


La cuarta y última esposa de Felipe II y madre del heredero Felipe III, fue su sobrina carnal Ana de Austria, mujer bellísima que posa en tres espléndidas pinturas realizadas por Sánchez Coello (detalle abajo), Antonio Moro y Bartolomé González Serrano (derecha) con el joyel, en el que destaca claramente La Peregrina, aunque en los dos últimas obras el diamante va montado sobre águila bicéfala bajo la que cuelga La Perergrina, pudiendo ser una licencia y homenaje del artista hacia la Reina por su origen austriaco.


El hijo y heredero de Ana de Austria y Felipe II, Felipe III, posa a caballo para Diego Velázquez luciendo sombrero con plumas blancas, bajo las cuales luce espléndida La Peregrina. Su única esposa, Margarita de Austria, vinculará las joyas heredadas, entre ellas el “joyel de los Austrias”, a la Corona española, para de esta manera impedir su dispersión por motivos hereditarios.


La propia reina Margarita se retrata con el joyel, como se aprecia en el retrato ecuestre (abajo y detalle izquierda), cuadro ejecutado post mortem por Velázquez, a petición de su esposo con el fin de decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, y que se emparejaba con el mencionado anteriormente de su esposo Felipe III también a caballo. Del mismo modo, Juan Pantoja de la Cruz retrata a la Reina con las joyas, así como otra pintura de autor anónimo (derecha) en el que la Reina muestra un tocado de plumas blancas y rojas, y en el que el “joyel de los Austrias” destaca admirablemente sobre su pecho.


La hija de Enrique IV de Francia y María Médicis, conocida como Isabel de Borbón, se casó a los 13 años con el futuro Felipe IV. La Reina destacó por su belleza, inteligencia y una gran personalidad, pero también por su vanidad y eterna coquetería.


Al cumplir los 17 años su suegro, Felipe III, le mostró y entregó las joyas de la Corona española entre las que se encontraba el joyel, del que quedó maravillada, luciéndolo con profusión. Muestra de ello, son dos cuadros en los que destaca El Estanque y La Peregrina sobre el pecho de la Reina, pintados por Rodrigo de Villadrando (arriba izquierda) y Gabriel Bocángel, cuadros muy semejantes, en los que Isabel muestra una actitud muy relajada, apoyando su mano izquierda con desenfado sobre la cadera, mientras la derecha sostiene, presumidamente, un abanico.


Diego Velázquez también retrata a Isabel de Borbón sobre un hermoso caballo blanco llevando el joyel, pero también de pie con el diamante y la perla que cuelga ahora de su cintura (arriba derecha), pintura en la que tampoco falta ya el recurrente abanico.


Mariana de Austria estuvo comprometida desde niña con su primo Baltasar Carlos, heredero e hijo de Felipe IV e Isabel de Borbón, pero al fallecer el príncipe inesperadamente, Felipe IV, viudo tras la muerte de Isabel, se casó con la princesa austriaca con objeto de conseguir un heredero. Velázquez pinta a la joven Reina con La Peregrina sobre un extraño y extravagante tocado, que no puede disimular su físico poco agraciado, su insignificancia, ni su semblante amargado y aburrido, como cuentan las crónicas.


Cuando le mostraron las joyas de la Corona, en particular el “joyel de los Austrias, María Luisa de Orleans, que había sido escogida como esposa para el último de los Austrias, Carlos II, quedó maravillada. Cuando el pintor José García Hidalgo quiso pintarla, la Reina se retrató con aquella joya (abajo derecha). También su esposo, Carlos II, llevó, según cuentan, en alguna solemne ocasión La Peregrina prendida mediante un lazo de su sombrero.


Los avatares del joyel finalizan con la Guerra de Sucesión y la llegada de los Borbones. De El Estanque ya no se habla, posiblemente porque los grandes diamantes empiezan a abundar en las Cortes europeas. Sin embargo, La Peregrina continuará su periplo aventurero y curioso hasta la actualidad.


Existe constancia de que el primer Borbón, Felipe V, durante la Guerra de Sucesión, ordenó a su esposa María Luisa de Saboya, enviar sus joyas a Francia para empeñarlas o venderlas, entre ellas El Estanque y La Peregrina. A pesar de ello, en las Memorias que realiza el duque de Saint Simón, se describe a Felipe V en una visita realizada a Versalles, portando la famosa perla en su sombrero.


En el incendio y destrucción del Alcázar madrileño ocurrido en 1734, se perdieron joyas universales: cuadros, planos y dibujos históricos, relojes, mobiliario, etc., dándose por perdidas las joyas de la Corona, entre ellas la célebre perla. Pero La Peregrina vuelve a aparecer en un inventario realizado a finales del s. XVIII en manos de la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Curiosamente, la Reina incluyó La Peregrina dentro de un óvalo de diamantes con la siguiente inscripción: “Soy La Peregrina”.


La Guerra de la Independencia deshizo por completo el patrimonio artístico español. Miles de objetos fueron saqueados por franceses, ingleses, portugueses y por los propios españoles, que se llevaron vajillas, cuadros, joyas, reliquias, platería, muebles, etc., en definitiva, todo lo que podían trasportar de palacios, casas, conventos e iglesias. Desaparecen definitivamente todas las joyas vinculadas y pertenecientes a la Corona española, siendo, desde aquel momento, bienes exclusivos y privados las joyas que posean los reyes de España.


En esta disposición, La Peregrina desapareció. José Bonaparte afirmó que se encontraba en poder de su esposa, el propio Napoleón aseguraba que se encontraba en Nápoles en manos de un joyero de la ciudad y Fernando VII creía que la tenía la esposa de Godoy.


Sin embargo, la perla siguió en poder de José Bonaparte y en su testamento la hizo llegar a su cuñada, la ex reina Hortensia de Holanda, con el fin de que sirviese para sufragar las actividades políticas de su hijo Luís, el futuro Napoleón III. Con el tiempo y los sucesos políticos europeos todo se complica. Durante su exilio en Londres en 1848 y en un momento de necesidad, Luís Napoleón decide vender la perla al primer duque de Abercorn, si bien la familia Abercorn vende posteriormente La Peregrina a una joyería de Londres, R.G. Hennell&Sons, y es así como comienza el periplo inglés-norteamericano de la perla, que aún continúa.


Alfonso XIII quiso adquirir la joya para regalársela a su futura esposa, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg, y al mismo tiempo recuperar una joya histórica vinculada durante siglos a la Corona de España. Pero la venta no se llevó a cabo por la elevada pretensión económica de la firma inglesa.

A lo largo del siglo XX, la perla paso por las manos de dos multimillonarios, hasta que el año 1969 sale a subasta en una galería de Nueva York. La Casa Real española pujó por la joya, pero fue adjudicada al actor Richard Burton que se la regaló a su esposa la también actriz Elizabeth Taylor, que aún la tiene en su poder.

La contrariedad que causó la venta en la Casa Real española, en aquel momento representada por la Casa Real de la reina Victoria Eugenia fue significativa. En boca de su portavoz el Duque de Alba, Luis Martínez de Irujo, la Casa Real convocó a la prensa en Suiza para declarar que la perla subastada en Nueva York, no era la auténtica Peregrina, si no que ésta se encontraba en poder de la Reina Victoria Eugenia, desde que fue regalada por su esposo, el rey Alfonso XIII, con motivo de su boda. En la rueda de prensa el Duque de Alba mostró la perla, que ahora está manos de la reina Sofía.

Esta declaración no surtió el efecto deseado, y expertos, joyeros y la propia casa de subastas desmintieron esta afirmación, declarando que la perla subastada en Nueva York, es la auténtica Peregrina, ahora propiedad de la actriz americana, y que la perla en poder de Victoria Eugenia no es otra que la que, como regalo de bodas, recibió de su esposo Alfonso XIII, colgando de un broche de brillantes en forma de lazo y que nada tiene que ver con La Peregrina.

Viendo la trayectoria y las sugestivas aventuras de la perla en estos últimos 500 años, seguramente la historia y avatares de La Peregrina no acabarán aquí.


Isabel de Valois. Antonio Moro.
Isabel de Valois (detalle). Antonio Moro.
“Joyel de los Austrias”. Reconstrucción.
Isabel Tudor. Antonio Moro.
Ana de Austria. Bartolomé González Serrano.
Ana de Austria (detalle). Sánchez Coello.
Felipe III y detalle. Diego Velázquez.
Margarita de Austria (detalle). Diego Velázquez.
Margarita de Austria. Anónimo.
Margarita de Austria. Diego Velázquez.
Mariana de Austria. Diego Velázquez.
María Luisa de Orleans. José García Hidalgo.
María luisa de Parma (detalle, Familia de Carlos IV). Francisco de Goya.
Victoria Eugenia de España. Álvarez de Sotomayor.
Reina Sofía de España.
Elizabeth Taylor con La Peregrina.

jueves 24 de septiembre de 2009

El Filandón leonés


El próximo día 29 de septiembre el presidente del Bureau Internacional de Capitales Culturales, el IBOCC, realizará oficialmente la entrega a la ciudad de León de la credencial que confirma la elección del Filandón leonés como “Tesoro del Patrimonio Inmaterial de España”, después de una votación ciudadana por internet, que le permitió acabar en segunda posición entre las diez candidaturas propuestas.


Esta elección popular representa el primer paso antes de instar oficialmente la candidatura para que el Filandón de León, sea declarado por la UNESCO, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.


Para estas designaciones, el Organismo Internacional fija una serie de requisitos y precisiones, como el sentimiento de identidad de una comunidad y la trasmisión entre generaciones como forma de expresión, uso o representación de las sociedades y como parte integrante de su patrimonio cultural. Su manifestación debe encontrarse dentro del ámbito de las tradiciones y afirmaciones orales, pero también de espectáculos, como el teatro, la música o la danza, o de tradicionales industrias o técnicas artesanales.


Era costumbre en las largas noches de invierno, que los vecinos de pueblos o aldeas aisladas de la montaña leonesa, una vez finalizados sus quehaceres diarios, se reunieran en casa de una familia en torno al fuego del llar o la lareira, sobre la que, con seguridad, colgaba y se calentaba un pote con caldo, sostenido por las cadenas o pregancias, con el fin de entretenerse, relacionarse o, simplemente, calentarse alrededor de la lumbre.


Sentados en los viejos escaños en torno al fuego, que escasamente iluminaba la estancia principal de la casa que hacía las veces de cocina, sala, comedor y, a veces, dormitorio, se charla, se cuentan y comentan las últimos sucesos del pueblo. Es el momento idóneo para relatar las viejas historias, leyendas, cuentos o sucedidos, viejos romances, relatos de aparecidos; se entonan las rimas y canciones tradicionales o se hace sonar una simple dulzaina o una gaita, que se acompañará con el golpear rítmico de un mortero de bronce o el socorrido raspado en la botella de anís.


Mientras las historias, los cuentos, la música, se trasmiten de padres a hijos, las mujeres realizan alguna tarea rutinaria, siendo habitual el hilar o filar la lana, trabajo o labor que da nombre a esta antigua costumbre: Filandón, de etimología latina (filum = hilo).


No faltará en estas tradicionales reuniones el juego de cartas, el cortejo, la danza o la lectura de libros, como tampoco un trago de vino para acompañar a unas sopas de pan duro elaboradas con el caldo del pote, o unos tragos de orujo con algún dulce casero.


Sin nombre específico, con el mismo u otro nombre, de manera parecida o semejante, la costumbre de reunirse para contarse unos a otros antiguas leyendas o historias, o cantar antiguas rimas o romances, se ha producido en todos los pueblos aislados. Sin embargo, son más notorios en León y en los territorios de confluencia con Asturias y Lugo, apareciendo filandones tradicionales en zonas de influencia leonesa, que deben su expansión y presencia a las acciones de reconquista y repoblación posterior hacia el sur peninsular.



Pote sobre el llar.
Filandón en Turienzo Castañero.
Filandón. Luís Álvarez Catalá (1872).

jueves 10 de septiembre de 2009

La espuma de la vida


Nuevamente una de las imágenes del verano y principal protagonista de las terrazas veraniegas, a pesar de la crisis, es una jarra de espumosa cerveza que, a la vez que ayuda a combatir el calor, se ha convertido en un “utensilio” inevitable para fomentar las relaciones personales.


España ocupa el doceavo puesto entre las naciones consumidoras de cerveza, por delante de países como EE.UU, Francia o Italia. La cerveza supera la condición social o económica; tampoco entiende de costumbres o credos, y en nuestro país la cultura de la cerveza, más bien la cultura de la “cerveza y la tapa”, se ha arraigado de una manera espectacular, y la “caña”, apelativo con el que es conocida la cerveza de barril, nombre tal vez procedente de la caña o carrizo que se usaba antiguamente para beber directamente de la barrica con el fin de evitar el movimiento de los posos, llega a ser una ceremonia, un rito, una excusa, un acto de convivencia para los aficionados que disfrutan de su consumo y de una agradable tertulia o reunión con amigos. Pero esto no ha sido siempre así.


No es el propósito de esta entrada comentar el origen de la cerveza, que, como se conoce, tiene una antigua y atrayente historia que comienza en la antigua Mesopotamia, pero si explicar su lenta y costosa introducción en los gustos y costumbres de la sociedad española.


Mientras la manteca y la cerveza representan al centro y norte de Europa, el aceite y el vino son los símbolos de los países mediterráneos, por lo que resulta difícil encontrar referencias a la cerveza en los textos medievales hispanos. Las referencias más antiguas sobre la elaboración de una bebida parecida a la cerveza, se encuentran en las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, donde se menciona que en Hispania, concretamente en las regiones, “cuyos campos no son feraces para la producción de vino”, se fabrica la caelia, una bebida elaborada a partir del jugo de trigo que estimulado mediante el fuego y una vez puesto a secar, se le mezcla con un vino suave. Una vez fermentada la mezcla, “adquiere un sabor áspero y un calor que produce embriaguez”.


Salvo una referencia en el s. XIII en la Historia Natural de Juan Gil de Zamora, fraile franciscano, en la que se menciona a la cerveza como uno de los ingredientes para un fármaco que alivia las hemorroides, la fabricación y consumo de cerveza pasó prácticamente inadvertida en la Península hasta la llegada de Carlos I y su corte de nobles flamencos, que trajeron consigo un gran número de maestros cerveceros y la costumbre del consumo de cerveza, que se elaborada con profusión en los Países Bajos ante la falta de viñedos.

Estos caballeros, expertos en la elaboración artesanal de esta bebida, acompañaron al Emperador en su empeño por trasladar a nuestro país el gusto por la cerveza que imperaba en Flandes, dejando una estela de espuma allí por donde pasaban. Sin embargo, la afición por la cerveza no enraizó entre los españoles, tardando todavía más de 50 años en iniciar la elaboración industrial de cerveza.

Luís Lobera de Ávila, médico personal de Carlos I, en su libro “El banquete de los nobles caballeros”, reconoce algunas de las virtudes y cualidades de la cerveza:

“Aumenta las fuerzas, es de gran mantenimiento, aumenta la sangre, provoca orina y ayuda a hacer cámara, laxando el vientre”. Y añade: “Cualquiera que hubiere de beber cerveza ha de ser de la buena y a principio de la comida o cena”.

A principios del siglo XVII funcionaban ya algunas fábricas de cerveza en Madrid, siendo sus promotores ciudadanos alemanes o flamencos, mientras la población española continuaba con su clara preferencia hacia el consumo de vino. Así se evidencia en la obra, “La pobreza no es vileza”, comedia escrita en 1625 por Lope de Vega, que en un momento determinado, hace decir a uno de los protagonistas, el soldado Panduro lo siguiente:

Es mi apellido, Panduro,

y el nombre de pila Juan,

que da fortuna el pan

a unos tierno, y a otros duro.

Esta es la historia, el camino,

los nombres y la pobreza,

voy a probar la cerveza

a falta de vino español.

Aunque con mejores ganas

tomara una purga yo,

pues pienso que la orinó

algún rocín con tercianas.


El soldado equipara la cerveza a la orina de un equino con fiebres, lo que pone de manifiesto la opinión que la sociedad hispana de la época mantenía sobre el consumo de cerveza. Con el tiempo, Juan Panduro no mejora su opinión sobre el rubio líquido y, en cierto modo, maldice el momento en el que la probó, pues parece ser que la fuerte costumbre flamenca de beber cerveza, afemina y “aclara” los bigotes, no como el vino que, por el contrario, ennegrece la barba, síntoma inequívoco de hombría:



Aquí fue donde bebí

cerveza la primera vez

mal agüero, o el peor;

pues desde entonces acá

traigo bigotes ya

a lo flandesco, señor.

¿Cuándo beberé con nombre

más claro que el mismo sol

aquel vinazo español

que hace barbinegro a un hombre?


Entre las novelas picarescas encontramos una extraordinaria obra anónima fechada en 1646, “La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor”. Inspirándose en el texto de Lope, el autor hace decir a Estebanillo durante su estancia en Flandes:


… Desbautizábase (irritábase) él en ver que yo visitaba por instantes la pipa del vino, que a la de la cerveza siempre guardé respeto porque me pareció orines de rocín con tercianas.


Del mismo modo, imitando la obra de Lope de Vega, una de las estrofas de la “Sátira contra los monsiures de Francia”, ridiculiza a los flamencos por su gran afición a la cerveza, señalando que no son capaces de cantar solo rebuznar por ingerir abundante orina de burra (cerveza):


La cabalina es cerveza,

que es orines de las burras,

y ansí las musas flamencas

no cantan sino rebuznan.


A mediados del siglo XIX Madrid dispone ya de seis fábricas de cerveza, iniciándose también por estas fechas el cultivo del lúpulo peninsular a gran escala. Pero la resistencia a beber cerveza seguía siendo notoria. El genial santanderino y gran erudito Marcelino Menéndez y Pelayo, arremete contra el “vino de cebada” comentando que el beber mucho de este líquido embota por completo el espíritu:

donde el fermento de insípida cebada en la cabeza sombras y pesadez va derramando.

El cordobés Juan Valera, escritor y diplomático, escribe en 1886 desde Ostende a su amigo Menéndez y Pelayo en estos términos:

Aquí me aburro todo cuanto yo puedo aburrirme. Estando yo bien de salud, leyendo, soñando y escribiendo me paso la vida, sin echar nada de menos; pero esto no quita el que yo reconozca que lo pasaría mejor si tuviera amigos y otras criaturas racionales con quien hablar. Aquí estoy en el más completo aislamiento. Con la vanidad francesa, con la pesadez alemana y con la indigestión de la insípida cerveza de que se atracan, estos belgas son insufribles, y declaro que el gran Duque de Alba me parece ahora archibenigno.

A finales del siglo XIX la producción ronda ya los 15 millones de litros. A partir de ahí, el consumo de la cerveza en España evolucionó lentamente de forma positiva entorno a 1900 cuando aparecen las grandes compañías cerveceras españolas, como la empresa Mahou en 1890, Águila en 1900, Cruz Campo en 1904 y Damm en 1910, que todavía hoy en día son grandes productoras de cerveza de nuestro país.

La tendencia de expansión se interrumpe en los primeros años de la postguerra, como consecuencia de la escasez de materias primas y el bajo poder adquisitivo de la población. Pero a partir de la década de los sesenta el consumo se dispara, y durante los setenta su avance es imparable coincidiendo con las fuertes transformaciones políticas culturales y económicas de la sociedad española.

El continuo incremento en la fabricación y consumo de cerveza llega hasta actualidad, en la que, como hemos mencionado al inicio, una fría y espumosa caña, junto con su indispensable tapa, se ha convertido en una estampa cotidiana de nuestra vida social.




- Cerveza de barril.
- Terrazas verano. Barrio Húmedo, León.
- Felipe II en el Banquete de los Monarcas. Sánchez Coello, 1596. Curiosa representación de la mesa de los Austrias. Sentados, de
izquierda a derecha: Carlos I, Isabel de Portugal, Felipe II y su cuarta esposa Ana de Austria, el Archiduque Alberto de Austria, la Infanta Isabel Clara Eugenia, el Duque de Saboya y la Infanta Catalina Micaela de espaldas.
- Carlos I y su banquero Fugger. Autor desconocido. Enorme jarra alemana de cerveza con tapa a la derecha del cuadro. Las tapas en los recipientes de comida y bebida, se imponen por ley en Centroeuropa a raíz de fuertes epidemias e invasiones de insectos.
- Fiesta popular. David Teniers.
- Tercios españoles en la toma de Aire Sur La Lys. Pieter Snayers.
- Tres campesinos en una posada. Adriaen Brouwer.
- Dama Mahou.
- Cervezas de barril.

viernes 14 de agosto de 2009

La Columna Trajana y la muralla altoimperial de León


Después de las entradas sobre la Legio VII y los recintos defensivos romanos a lo largo de cuatro siglos en la ciudad de León, me han preguntado varias veces por la situación y los restos de la muralla que construye la Legio VII en el s. I dC., la primera con material pétreo, y que es anterior a la que hoy se puede observar en distintos tramos de la ciudad.


Este tercer recinto es denominado "muralla altoimperial", y para un mejor conocimiento y comprensión de la entrada, hablaremos primero, aunque sea escuetamente, de la Columna Trajana. Veremos porqué.


Erigida en Roma por el emperador Marco Ulpio Trajano como monumento conmemorativo y funerario, la Columna Trajana tiene 38 metros de altura, incluyendo su pedestal en el que un día estuvieron las cenizas del propio emperador, y la misma altura que al parecer tenía el monte devastado para realizar el foro de Trajano, entre el Capitolio y el Quirinal.


Concluida en el año 114 dC., sus 18 gigantescos bloques de mármol de Carrara de 4 metros de diámetro, están recorridos por un friso en espiral que mide unos 200 metros y que da 23 veces la vuelta a la Columna. En su interior existe una escalera de caracol que permite el acceso a una plataforma-mirador en su parte superior.


Sus extraordinarios bajorrelieves revelan las victorias de Trajano sobre los dacios, resultando una auténtica “exposición fotográfica” de la antigüedad, al mostrar detalladamente muchas de las costumbres y actividades del ejército romano, desde la uniformidad, los emblemas, las armas, etc., hasta sus prácticas y hábitos, tanto en su vida cotidiana, como durante las campañas militares.


Entre la variedad de escenas existentes, nos vamos a centrar en varias en las que grupos de soldados trabajan, perfilan, trasportan y colocan pequeños bloques de piedra (sillarejos) como material principal en la construcción de la muralla de un campamento. Y aquí la relación entre la Columna Trajana y la "muralla altoimperial" leonesa; el recinto defensivo que están construyendo los legionarios de Trajano es de idéntica factura al que los soldados de la Legio VII Gemina levantaron en la misma época, en el siglo I dC., en la ciudad de León, por lo que existe testimonio excepcional de como y de que manera los legionarios romanos asentados en la ciudad edificaron la muralla leonesa.


Este tercer recinto se levanta aprovechando las anteriores defensas mediante la realización de unos potentes cimientos de canto rodado, y un muro de aproximadamente 2 metros de anchura realizado en opus caementicium, con un revestimiento exterior de opus quadratum, pequeños sillares (sillarejo) unidos con argamasa. Algo muy parecido a lo que muestra la imagen de la derecha, y con idéntica estructura frontal que las construcciones que se observan en la Columna Trajana, en donde legionarios de Trajano, también en el s. I dC., realizan todas las labores necesarias para su edificación.


Son escasos los restos existentes en la ciudad de esta tercera defensa romana. Sin embargo, existe un lugar interesante desde donde son perfectamente visibles, concretamente a la izquierda de la escalinata que sube desde la calle Ramón y Cajal a la Plaza de la Basílica de San Isidoro, junto a la Torre del Gallo. Desde allí, se tiene una pequeña pero ilustrativa perspectiva de la unión de los dos recintos defensivos romanos de la ciudad de León, la "muralla altoimperial" del s. I y adosada a ella hacia el exterior la "muralla tardorromana" de ss. III-IV dC.; estas dos construcciones formaron una imponente y espectacular defensa de más de 7 metros de anchura por 10 de altura.


Resulta una muestra arqueológica excepcional en pleno centro de la ciudad. Es un yacimiento único en el mundo romano, en el que es posible comprobar las dos murallas adosadas. Desde ese lugar privilegiado en espacio y visión, gracias a las amplias escaleras, se pueden contemplar los restos perfectamente desde distintas posiciones y alturas. Manteniendo la distancia idónea para no interferir en su conservación, se observa perfectamente la unión de los dos recintos defensivos romanos superpuestos que protegían un asentamiento legionario de aproximadamente 20 ha, más de 30 campos de fútbol.


Inexplicablemente el yacimiento carece de paneles explicativos o de interpretación en el lugar. Ilógicamente, a más de 30 metros aparece uno de los polémicos "monolitos" (¿legales, ilegales? ¿quién fue el "artista"?), con un simple texto, sin explicaciones ni ilustraciones concretas, cuya única función es certificar a los expertos o conocedores del lugar lo que allí existe. Los profanos, turistas, vecinos y curiosos se quedan como estaban, sin saber absolutamente nada del yacimiento y lo que allí se encuentra.


Es otra muestra más de la incompetencia (políticos y "expertos") y del desinterés por recuperar, proteger y mostrar al mundo, el segundo recinto amurallado romano más importante de España, que, a pesar de haber sido declarada Monumento Histórico Artístico en 1931 y estar protegido por distinta legislación posterior, continua con su progresivo deterioro y abandono.


No existen actuaciones contundentes y definitivas por parte del Estado ni de la Junta de Castilla y León, que, por ejemplo, ha preferido dedicar cerca de 100 millones de euros (16.000 millones de ptas.) a un nuevo, gigantesco y ¿necesario? centro cultural ubicado en la que se erige como capital de la Comunidad. A pesar de que ya no existe Albert Speer, desgraciadamente aún permanece la megalomanía en algunas ciudades-sociedades, grupos y personas, que solo tiene en cuenta su "mágico y trascendental destino" en este mundo.


Pero si hay algún culpable realmente de esta desidia y deterioro, estos son sin ninguna duda los garantes mas cercanos: los responsables del Ayuntamiento. Conocedores de primera mano de la situación, deben de ser ellos los que apremien e interesen soluciones definitivas. La escusa y la queja recurrente de la precaria situación económica, de la que únicamente ellos son responsables por su nefasta gestión durante años, no sirve.


Si resultan incapaces para negociar, gestionar o solucionar la situación patrimonial de la ciudad, y eso está demostrado, solo existe una salida, la misma que tendrían en una empresa privada donde solo cuentan los resultados. Sin embargo, viven ufanos en su puesto, sin avergonzarse de su continua incompetente gestión, e, increíblemente, se consideran renovadores, cultos, sensatos y profesionales. Pero únicamente han demostrado que son profesionales de la ruina, eso sí, como ha dicho recientemente un iluminado/a de éstos refiriéndose a la muralla leonesa, se encuentra en "ruina, pero en una ruina consolidada".


Columna Trajana. Piranesi, aguafuerte.
Columna Trajana. Detalle.
Mercado en Roma. Joahannes Lingelbach.
Reconstrucción “muralla altoimperial”.
Escalinata. Vista general del yacimiento.
Columna Trajana. Detalle.
Restos “muralla altoimperial” de León.
Explicación unión de los dos recintos defensivos.
Vista general de los restos arqueológicos.


lunes 13 de julio de 2009

El búcaro de Las Meninas


A mediados del s. XIX, el director del Museo de Prado, el pintor Federico Madrazo, denominó a la obra de Diego de Velázquez titulada “Retrato de familia”, como “Las Meninas”, nombre por el que hoy conocemos una de las obras cumbre de la pintura universal.


Menina es una palabra de origen portugués para designar las damas jóvenes que solían acompañar a las infantas, y portugués será con seguridad el barro del que está hecho el búcaro que la "menina", doña María Agustina Sarmiento ofrece, sobre una bandeja de plata, a la Infanta Margarita, en aquel momento de cinco años de edad, y que el pintor sevillano refleja extraordinariamente.


¿Por qué un objeto tan humilde, como es un pequeño recipiente de barro, se encuentra en una cámara real y es, si nos fijamos bien, casi centro de atención de la pintura?


En primer lugar hay que decir que primitivamente un búcaro, palabra de origen latino (butticula = tonelito), es un recipiente que, como norma, posee una boca y cuello angosto y un vientre abombado, realizado en un material muy fino y poroso, con una tierra roja arcillosa de olor característico que, en principio, se importaba de Portugal. Un búcaro es también el botijo o botija, llamado en algunas regiones pipo o pimporro, igualmente las alcarrazas, que están presentes en muchos de los cuadros clásicos. Todos estos recipientes realizados en arcilla tienen como finalidad mantener el agua fresca.

Pero volvamos al cuadro de Velázquez. La imagen de la pintura parece "congelarse" en el momento en el que la Infanta Margarita, con gesto rutinario, alarga su mano para coger el pequeño búcaro de barro que le ofrece doña María Agustina Sarmiento. Velázquez muestra de esta manera una de las costumbres más curiosas entre las damas del Siglo de Oro español: la bucarofagia.

En aquella época se consideraba la blancura de la piel femenina como algo especialmente seductor. Un sistema para adquirir ese color de piel, era masticar y comer los recipientes de barro, lo que producía una forma de clorosis o anemia que se denominaba “opilación” (obstrucción), y que bloqueaba, entre otros, los conductos biliares. A veces, el color blanco perseguido, se trasformaba en un amarillento enfermizo, o en otros tintes extraños, seguramente porque los búcaros eran de arcilla muy roja o poseían engobes coloreados.

Aparte del efecto cosmético citado, hay quien mantiene que comer barro producía efectos narcóticos y alucinógenos, pero, también, la obstrucción u opilación intestinal hacia disminuir o desaparecer el flujo menstrual, por lo que la ingesta de barro se convertía en un anticonceptivo, dando lugar a que la Iglesia de la época lanzara sus más furiosas diatribas y sermones contra las mujeres que tenían esa costumbre, llegando a imponer los confesores como penitencia, quedarse varios días sin probar el barro.

La obstrucción intestinal se combatía con purgantes y aguas ferruginosas. Era famosa en Madrid, la “Fuente del Acero”, al otro lado del Puente de Segovia, cuya agua había que beber y "pasearla", lo que se denominaba “pasear el acero”, que resultaba una buena excusa para los encuentros entre enamorados. Una de las comedias de Lope de Vega, El acero de Madrid, versa precisamente sobre el asunto; una de las estrofas de la obra no deja duda sobre el asunto:

"Niña de color quebrado,

o tienes amores

o comes barro."


El búcaro de la Infanta Margarita es, sin duda, la dosis que normalmente se prescribía: “un búcaro al día”. Después de beber su contenido de agua fresca, la Infanta lo mordería y masticaría en pequeños trozos como deliciosa golosina.


Está claro que por su edad no lo utilizaría como anticonceptivo, pero es conocido que la Infanta sufría de una pubertad precoz, posiblemente padecía el síndrome de Albright, que provoca una muerte temprana (murió con veintidós años). Este síndrome se caracteriza por tumor tiroideo, bocio, talla corta y unas hemorragias menstruales anormales, que haría de la ingesta de barro, uno de los remedios para obstruir u opilar los conductos sangrantes.


Pero no hay que descartar la utilización del barro por la Infanta Margarita como uso cosmético con el fin de lograr una piel más blanca, e igualmente, como “golosina viciosa”, como la define el diccionario clásico de Covarrubias a propósito de la definición de búcaro, y como bien remarca un entremés anónimo del s. XVIII titulado Los gustos de las mujeres, en el que una dama confiesa:


“Yo señor, gusto del barro

que me agrada ver que suena mascadito,

poco a poco, en los dientes y en las muelas.”




Las Meninas (detalle). Diego Velázquez.
Las Meninas (detalle). Diego Velázquez.
El aguador de Sevilla. Diego Velázquez (alcarraza y cántaro).
Bodegón de cacharros. Francisco de Zurbarán (alcarraza, búcaro y alcarraza trianera).
Dos mujeres en la ventana. Bartolomé Esteban Murillo.
Infanta Margarita de luto por Felipe IV (15 años). Juan Bautista Martínez del Mazo.


jueves 2 de julio de 2009

Isabel de Portugal, la Emperatriz del clavel


Alonso de Santa Cruz en su Crónica del Emperador Carlos V, describe de esta manera a Isabel de Portugal, primera y única esposa del Emperador:

Era la Emperatriz blanca de rostro y de mirar honesto y de poca habla y baja, tenía los ojos grandes, la boca pequeña, la nariz aguileña, los pechos secos, de buenas manos, la garganta alta y hermosa, era de su condición mansa y retraída más de lo que era menester. Honesta, callada, grave, devota, discreta y no entrometida; y esto era en tanta manera que para sí aun no quería pedir nada al Emperador ni menos rogarle cosa por otros; de manera que podemos decir haber el Emperador hallado mujer á su condición.

Físicamente se la describe como alta, de cuerpo esbelto y caminar elegante. El cabello largo y castaño claro; ojos grandes y negros, dulces y lánguidos, labios delgados, la piel blanca como el alabastro, y manos finas con largos dedos. Por sus cualidades morales fue considerada como la mejor candidata para ser la esposa del Emperador Carlos, y por su belleza, como una de las mujeres más hermosas de la época.

Isabel de Avis y Trastámara, hija de Manuel I de Portugal y María de Castilla, abandona Lisboa el 30 de enero de 1526 con veintidós años de edad, para casarse con Carlos I de España, tras firmar en octubre de 1525 las oportunas capitulaciones matrimoniales en Torres Novas y Toledo.


En la frontera, a orillas del río Caya, cerca de la ciudad de Badajoz, esperaba la comitiva española que cubre todo el horizonte. Los nobles españoles designados acudieron con su propio séquito de lacayos y pajes, que destacaban por sus galas de llamativos colores distintivos de cada casa. Detrás, un imponente ejército formado para la ocasión, una impresionante demostración de poder preparada por el novio para impresionar a su bella y futura esposa, que en opinión de algunos, sería suficiente para emprender la conquista del reino vecino. Entre la fuerza armada, cien alabarderos a caballo que en lo sucesivo formarán la Guardia Imperial de la Emperatriz.


El cortejo imperial llegó a Sevilla el 3 de marzo de aquel 1526, lugar donde se iba a celebrar la boda. Carlos no llegaría hasta el día 10, siendo recibido por la impaciente novia en la escalinata principal de los Alcázares sevillanos.

Al verse por primera vez, debieron quedar tan impresionados uno de otro que decidieron casarse ese mismo día, sin aguardar más tiempo que el necesario para cambiarse de ropa. A las 12 de la noche, en una ceremonia discreta, casi privada, en presencia sólo de algunos Grandes y personalidades relevantes, Carlos e Isabel se casaron en la sala de la Media Naranja, hoy Salón de Embajadores del Alcázar sevillano.

La pareja disfrutó de la hermosa primavera sevillana, pero en el mes de mayo, cuando el calor comenzó a resultar molesto, se trasladaron a Granada, en donde continuaron su luna de miel entre los muros de la Alhambra.

El apasionado romance vivido entre el mágico entorno de las fuentes y jardines del palacio nazarí, fue motivo de inspiración para muchos de los poetas de la corte, que gozaban y obtenían de Isabel el beneficio y la protección de una reina enamorada, y profundamente aficionada a la poesía.

A pesar de las ausencias obligadas de Carlos, el matrimonio mostró en todo momento una excelente armonía a lo largo de los años. Isabel tuvo seis hijos (solo tres sobrevivieron), falleciendo en el parto del séptimo, en 1539, a los 36 años de edad en el Palacio de los condes de Fuensalida, en Toledo. Antes de su muerte y con la misma entereza que demostró a lo largo de su corta existencia, consiguió despedirse de su esposo e hijos y solicitó expresamente que no la embalsamaran.

Carlos no se volverá a casar. Desesperado, se encierra durante dos meses en el monasterio toledano de Santa María de la Silsa, mientras encarga el traslado del cuerpo de la Emperatriz a la Capilla Real de Granada (1) a uno de sus hombres de confianza y caballerizo mayor de la Emperatriz, Francisco de Borja, marqués de Lombay y duque de Gandía, del que se cuenta que estaba platónicamente enamorado de Isabel.

El 16 de mayo de 1539 en la Catedral de Granada, con objeto de cubrir las formalidades de la identificación, al abrir el féretro y retirar el velo que cubría la cara de la Emperatriz, se comprobó que el cuerpo se había descompuesto muy rápidamente y que los restos, ya putrefactos, eran casi irreconocibles. Se dice que Francisco de Borja quedó tan impresionado del aspecto de Isabel, que le hizo decir: “No puedo jurar que esta sea la Emperatriz, pero si juro que fue su cadáver el que aquí se puso", para añadir, "No volveré a servir a quien se pueda morir”. Con el tiempo y una vez viudo, ingresó en la Compañía de Jesús y acabó convertido en Santo.

Isabel de Portugal ha pasado a la Historia por su belleza, su matrimonio y su admiración por la poesía, pero también y a pesar de su juventud, por su sentido de Estado en las largas y continuas ausencias del Emperador, y por su entereza personal. Sin embargo, no resulta muy conocido el entrañable episodio ocurrido poco tiempo después de su boda.

Durante su estancia en el palacio granadino, en plena luna de miel, Carlos entregó a Isabel como promesa de amor el primer clavel, una flor importada de Oriente conocida como flor persa, inédita en España, y que entusiasmó y deleitó a la Emperatriz. Ante el hecho, el Emperador ordenó, como homenaje a su joven y amada esposa, la plantación de miles de claveles en los jardines de la Alhambra, que extendieron su olor por todos los rincones del extraordinario recinto.

Con el tiempo, el clavel, que fue denominado por los griegos “la flor del dios” o la “flor de flores”, y la “flor de Júpiter” por los romanos, se diseminó por toda la Península, sobre todo por el sur, donde actualmente es protagonista indiscutible de jardines, patios y balcones, pero también está presente en las fiestas, como adorno obligado del cabello de la mujer andaluza. Es la flor que mejor expresa la pasión y el carácter latino, resultando, sin duda, una de las imágenes incuestionables del flamenco.


Por su reciente cumpleaños ...


(1) Su primogénito Felipe II, trasladará el cuerpo al Escorial.
Isabel de Portugal. Tiziano.
Carlos V e Isabel de Portugal. Tiziano
Salón de Embajadores. Reales Alcázares de Sevilla.
Atardecer en la Alhambra.
Francisco de Borja y Aragón ante el féretro de Doña Isabel de Portugal. José Moreno Carbonero.
Francisco de Borja ante el cadáver corrupto de Isabel de Portugal. Jean-Paul Laurens.
Torre de Comares y Peinador de la Reina. La Alhambra (La Roja).
Claveles.

sábado 20 de junio de 2009

La Puerta del Infierno o el solsticio de verano



Solsticio viene a significar “parada del Sol”. Y es así. Durante dos o tres días, nuestra estrella parece que se detiene en la bóveda celeste, antes de que la Tierra invierta el sentido de su giro para alejarse del astro. Entre el 21 y 24 de junio el Sol muestra su máximo esplendor, son los días en los que el reinado de las tinieblas es más corto. Hablamos siempre del hemisferio norte.


No resulta difícil comprender el fuerte simbolismo del solsticio de verano en un mundo en el que la supervivencia se ajustaba a los ciclos que marcaba la naturaleza. Era el momento intermedio entre la siembra y la recolección, y su celebración es tan antigua como la misma humanidad. Para el hombre la continuidad del Sol era la garantía del crecimiento de las cosechas, la persistencia del ganado y de su propio bienestar; por esta razón se encendían hogueras y se realizaban todo tipo de ritos de fuego con el fin de ayudar al Sol a renovar su energía.


Como todas las fiestas y tradiciones paganas, la fiesta del solsticio se sacralizó por los cristianos conmemorando el nacimiento de Juan el Bautista. El Evangelio de Lucas (1,38) cita que, los días siguientes a la Anunciación, María fue a visitar a su prima Isabel cuando ésta se encontraba en el sexto mes de embarazo. De esta manera, no fue difícil fijar la solemnidad de Juan el Bautista, seis meses antes del nacimiento de Cristo el 24 de diciembre, concretamente el 24 de junio.


Curiosamente las fiestas de los santos se celebran el día de su muerte, pero en el caso del Bautista se hace una excepción y se conmemora el día de su nacimiento. San Juan Bautista es considerado por la Iglesia el “príncipe” del santoral cristiano, al ser ya santificado en

el vientre de su madre, es el “precursor”, el elegido para anunciar la proximidad del Redentor, el denominado sol de soles. Como señaló el propio San Juan, “Es preciso que Él crezca y yo mengüe”, y concretamente es lo que ocurre en el solsticio de verano, el Sol comienza a perder lentamente su fuerza.


Entre los antiguos griegos a los solsticios se les llamaba “Puertas”. El solsticio de invierno era la denominada “Puerta de los dioses”, mientras que el solsticio de verano, el 21 de junio, era la “Puerta de los hombres”, también llamada la “Puerta del Infierno”. Los dos solsticios son las puertas, el umbral, el paso hacia el inicio y el final, las puertas que daban paso a cambios importantes en la Naturaleza.


Los romanos contaban entre su numeroso panteón con la figura de Jano, dios de los solsticios, el dios de las “puertas”, (en latín “janua” = a puerta), el dios de los inicios y los finales, de los misterios, de la iniciación, pero además el guía y mentor de los constructores. Se le representa normalmente con dos rostros, dos caras, ahí su denominación de Jano bifronte, las dos caras unidas aunque opuestas entre sí y coronadas por la luna creciente.


La mitología cuenta que Saturno al ser destronado por su propio hijo Júpiter, se cobijó junto al dios Jano y en reconocimiento le confirió la facultad de ver el pasado y el futuro simultáneamente para poder obrar con sabiduría en el presente. Es el prototipo del hombre iniciado, dotado de plena conciencia, iluminado. Jano es el maestro, el señor del conocimiento y el que facilita el acceso a los iniciados para llegar a los misterios.


El culto a Jano se trasmitió a los constructores y canteros medievales, y de esta manera, pasó a la construcción e iconografía cristiana bajo el culto de los “dos San Juan”: el Bautista, cuya festividad se produce en el solsticio de verano (el 24 de junio), y el Evangelista en la celebración del solsticio de invierno (el 27 de diciembre), siendo representados casi siempre con aspecto atractivo y juvenil, y, en cierto modo, como personajes con fisonomía andrógina.


De esta manera, los dos Juanes sustituyen al pagano Jano, partiendo las dos fases del ciclo anual. El Bautista “abriendo” la puerta del solsticio de verano, y el Evangelista “abriendo” la puerta del solsticio de invierno.


Así todo en la noche de San Juan, en el solsticio de verano, como escribe el historiador de las religiones Eliade, sucede algo especial, distinto. Todo el que ha saltado sobre las llamas y danzado en torno al fuego, el que ha enlazado su mano con un desconocido o con la persona amada, sabe del poder de esa noche mágica.



Fotografía de Elena Sanz.
Salto sobre las llamas. Javier R. Ladrón de Guevara.
San Juan Bautista. Leonardo da Vinci.
Jano. Catedral de Chartres.
Jano Bifronte. Museos Vaticanos.
San Juan Evangelista. Pedro Pablo Rubens.
San Juan Bautista con un carnero. Caravaggio.